|
11/03/2009
La mano invisible
Frei Betto
ALAI
AMLATINA, 10/03/2009, Sao Paulo.- Desde niño tengo mis
miedos, como todo el mundo. Primero era el miedo de ver a mi
padre bravo, de verme obligado a comer rábano, de sacar cero
en el examen de matemáticas. Miedo, bajo La dictadura, a
verme arrollado por un auto policial. Miedo, bajo la lluvia
pertinaz, de que mi chabola en la favela, situada al borde
de un precipicio, fuese llevada por el agua.
Hoy
colecciono otros miedos. Uno de ellos es el miedo a La mano
invisible del Mercado. De lo invisible sólo no temo a Dios.
Temo a las bacterias y a los extraterrestres. A las primeras
las combato con antibióticos –término inapropiado, pues
significa “contra la vida”, siendo que las inoculamos para
favorecerla.
En cuanto
a los extraterrestres, quedé más tranquilo al saber que la
distancia más grande conseguida en el espacio por nuestra
tecnología es alcanzada por las emisiones televisivas.
Seguro que, al captarlas, los exploradores interplanetarios
llegaron a la conclusión de que en la Tierra no hay vida
inteligente…
Vuelvo a
la mano invisible del Mercado. ¿Dónde la mete?
Preferentemente en nuestro bolsillo. En especial el de los
más pobres. Y es invisible porque es cínica, como todo
delito practicado a escondidas. Por ejemplo el Mercado
practica la extorsión al bolsillo de los más pobres a través
de impuestos cargados a los productos y servicios. Todo
podría ser más barato si no fuera por esa mano boba que se
inmiscuye en lo que consumimos.
Ahora que
el Mercado entró en crisis -pues el globo que infló estalló
en su misma cara-, ¿dónde anda metiendo su mano invisible?
La respuesta sí es visible: en el bolsillo del gobierno. En
los EE.UU el Mercado, en los estertores de la administración
Bush (de infausta memoria) metió mano a US$ 830 mil millones
y ahora logró otros US$ 900 mil millones de la recién
estrenada administración Obama. Todo para guardar esa
fortuna en el bolsillo agujereado del sistema financiero.
Además, la
mano invisible del Mercado desconoce los bolsillos de los
ciudadanos. Viciada como está, siempre beneficia el bolsillo
de los ricos. Es el caso del Brasil. Ante la crisis (y las
próximas elecciones) el gobierno trata de anabolizar el PAC,
de modo que la mano del Mercado pueda abastecer, y cuanto
antes, el bolsillo de las constructoras de obras públicas y
de las empresas privadas encargadas de dichas obras.
Ya lo
advertía mi abuela: “¡Mire bien, niño, donde pone esa mano!”
Y me obligaba a lavármela antes de sentarme a la mesa. Pues
bien, creo que la mano del Mercado es invisible porque nunca
se lava. Al contrario, lava dinero sin lavarse de la
suciedad que lo impregna. Es lo que deduzco al leer las
noticias de que, en los paraísos fiscales, la liquidez de
los grandes bancos fue asegurada, en los últimos años,
gracias a los depósitos del narcotráfico.
La mano
puede ser invisible pero sus huellas digitales no. Allí
donde el Mercado pone su mano queda la marca. Sobre todo
cuando retira la mano, dejando en el desamparo a millares de
desempleados, tirados en la calle de la insolvencia,
ahorcados en deudas astronómicas.
El Mercado
es como un dios. Usted cree en él, pone su fe en él, lo
venera, hace sacrificios para agradarlo, se siente culpable
cuando da un paso en falso con relación a él -aunque sea de
él la culpa, como en el caso de la compra de acciones que él
vendió prometiendo fortunas y ahora esas acciones valen una
nada.
Como un
dios, sólo se le puede conocer por sus efectos: la Bolsa, el
salario, la hipoteca, el interés, la deuda, etc. Se
manifiesta por medio de su creación, pero sin dejarse ver ni
localizar. Nadie sabe exactamente qué cara tiene o en qué
lugar se esconde, aunque sea omnipresente. Hasta en la
candela vendida a la puerta de la iglesia se hace presente.
Y mete la mano, la famosa mano invisible, la temida mano
invisible, esa mano más abominable que la de los tarados que
se atreven a meterla debajo del vestido de la mujer de pie
en el autobús.
Y de nada
vale gritar: “¡Quite esa mano de ahí!” A pesar de que la
mano invisible manipula descaradamente nuestra calidad de
vida, privilegiando a unos pocos y asfixiando a la mayoría,
nadie se libra de ella. Como es invisible, no se la puede
cortar. Sólo queda una salida: cortarle la cabeza al
Mercado. Pero ésa es otra historia. Hoy hablé de la mano. La
cabeza queda para otro día.
(Traducción de J.L.Burguet)
Frei Betto es escritor, autor
de “El arte de sembrar estrellas”, entre otros libros. |